jueves, 8 de agosto de 2013

NO HAY SUCESOS SIN PROCESOS!



   

Viniendo de un reino en el que se nos formó para que seamos veloces como los caballos, los cuales son tirados por cabestros y dirigidos; donde se nos formó para que actuemos y no pensemos; para que veamos y creyésemos en lo que veíamos.
 Viniendo de un reino en el que todo es instantáneo;  en el que todo debe obtenerse rápidamente, o se deben ver resultados prontamente; en el que se debe tener aquello que se quiere ¡ya!, es muy difícil para nosotros, si no fuese por el amable Espíritu Santo que el Padre nos envió, comprender que esta nueva transformación que la Palabra (Jesús) debe hacer con y en nosotros, a partir de nuestro nuevo nacimiento en su reino, se logre de un día para otro.
 Hay un proceso, y no uno, tantos, que Dios realiza sobre nosotros, cada día a través de cada circunstancia que da forma al Hijo de Dios que ahora somos. Somos pero todavía no se ha manifestado lo que hemos de ser.
El Padre, en Génesis 17:5 dijo: "Y no se llamará más tu nombre Abram, sino que será tu nombre Abraham, porque te he puesto por padre de muchedumbre de gentes".
Esto no fue de la noche a la mañana. Abraham había pasado un tiempo de proceso hasta el capítulo 17: lento, pesado, doloroso.
Dios le fue arrancando  sus cáscaras, pellejos, pieles, semillas, a través de esas experiencias que encontramos atrás de este capítulo. Después de esto estaba en el punto correcto y a tiempo para pasar a otro, que se abría con este cambio de nombre. Porque Dios llama las cosas que no son como si fuesen, es que ahora  Abraham entraba, por la palabra activada con la asignación de ese nombre. No cualquier nombre, solo Dios sabe con que nombre llamarnos a nosotros, también.

El diablo muchas veces nos llama con un nombre equivocado, falso, que no representa el propósito de Dios; a veces nuestros familiares nos llaman con un nombre errado, muy distinto del que llevaremos en la voluntad de Dios. Yo recuerdo que cuando era pequeña mis hermanas me decían: ¡Ahí viene la reina! y cuánto me dolía este nombre; me hacía sentir diferente entre ellas, separada, distinta. Me sentía rechazada a causa de lo que impactaba negativamente ese nombre en mí. Cuando llegué a Jesús (El llegó a mí) descubrí que ese nombre profetizaba mi destino: ¡Somos reyes y sacerdotes de su Reino! Y la Verdad me libertó.
 Pero Dios cuando llegamos a ese punto, ya esta allí, esperándonos, sosteniendo ese Nombre ( el verdadero), para esa nueva etapa; es el nombre que el Padre nos asigna, el que activa un nuevo proceso en nosotros hasta que lleguemos al final del mismo.
Entonces ahora, a  Abraham, le tocaba caminar, moverse, vivir cubierto por ese nombre. Abraham cada vez que quisiera hacer algo  diferente, opuesto a ese nombre, cada vez que se desalentara, cada vez que perdiera la visión, el llamado, su nombre lo protegería, lo haría reaccionar y recuperar hasta llegar a ser así, como en el cielo también en la tierra: Abraham.
Al principio el nombre le resultaba extraño a él, a Sara, a sus conocidos. Seguramente habrán usado uno o el otro, y Abraham un día se sentiría Abram y otro Abraham. Seguramente le habrá resultado grande, por cuanto el estaba creciendo hasta alcanzar la medida de ese nombre.


No hay sucesos, sin procesos! ¡No hay transformaciones sin procesos!
Sí necesitamos, la horma, y esa es la palabra profética.
¡Cuando actives algo del reino de Dios invisible para traerla a la tierra, por una palabra de Dios con tu boca, no esperes que suceda ya, solo has dado permiso al proceso en tu vida, para que se forme, lo que has anunciado!
Romanos 4:17"(como está escrito: Te he puesto por padre de muchas gentes) delante de Dios, a quién creyó, el cual da vida a los muertos (esto lo aprendió en Génesis 22:5), y llama las cosas que no son como si fuesen".
Quiero que notes Génesis 15: 5 "Y lo llevó fuera, y le dijo: Mira ahora los cielos, y cuenta las estrellas, si las puedes contar. Y le dijo: Así será tu descendencia" 


Ese hombre Abram, tuvo que creer primero y entonces Dios pudo trabajarlo y revelarle su nombre: Abraham.
 Cuando Abraham llegó a comprender espiritualmente esto, aceptó y no dudó, que él, era Abraham, llamado a ser: Padre de multitudes.
Todo un proceso; no esperemos, no queramos, que tan hermosa obra de Dios en nosotros, se realice en un segundo.
¡Dios te bendiga!
Pastora Sara Olguín


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