miércoles, 12 de marzo de 2014

ARBOLES QUE CAMINAN

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Marcos 8:24 “El, mirando, dijo: Veo los hombres como árboles, pero los veo que andan” 

Que distorsión que tenía ese hombre en sus ojos.

Hoy hay muchas personas que sin padecer de una ceguera física, cuentan con una ceguera mental, que les bloquea la percepción del medio que los rodea.

En pleno siglo 21, de grandes avances tecnológicos, científicos,  por no nombrar tantos otros, fracasamos en lo que es primario, elemental, básico y dado por Dios al Hombre, como es: la comunicación, una herramienta de acercamiento, emocional y espiritual entre nosotros.
 No hay ceguera mayor que la que produce la incomunicación.
 La falta de la misma, nos aísla y nos priva de ver al otro, al punto no de ignorarlo, sino de no verlo. 
No ver su rostro; no ver lo que le pasa; no ver sus movimientos, cuándo está o cuando se aleja; sus gestos ¿qué comunican?. 

Cómo hoy  que sabemos más sobre el lenguaje de los gestos, no nos ocupamos de captarlos en nuestros niños cuando están padeciendo algo tan grave, como por ejemplo  el bullyng; algo tan grave como el abuso psicológico que sufren, no solo las mujeres sino también hombres, niños y ancianos en todo el mundo, de todos los extractos sociales. 
El hombre de la sociedad del siglo 21, padece esta ceguera, no solo por causa física, o psicológica   sino también espiritual.
Estamos tan saturados de problemas que cerramos los ojos al problema del otro.
Este grupo que se acercó a Jesús quiso hacer una obra buena, rogándole a Jesús que se hiciera cargo; solo un toque suyo y este ciego vería. Pero Jesús sabía que la causa era más profunda.
 Muchas medicinas  hoy nos quitan las enfermedades,  pero dejan enferma a nuestra alma.  Enferma, sin visión, sin salida, sin esperanza. 
Tócalo Jesús, tu puedes. ¡Tócalo y basta!.
 Iglesias están abarrotadas de gente, que son llevadas  por  parientes solidarios solo para que sean sanados: Un toque y basta.
 ¿Y pensamos que eso es todo? A Dios le importa nuestras almas. El dio su sangre en la Cruz por la sanidad, libertad y salvación de nuestras almas. 
Almas ciegas que deambulan en zonas de oscuridad y de muerte, sin esperanzas.

Mira, dice que Jesús hizo algo diferente con él, lo apartó de la aldea y del grupo, y se acercó a él, muy cerquita, para poder escupir en sus ojos y después lo tocó.
 Fue un acercamiento muy íntimo, muy personal; yo creo que fue, como cuando alguien nos habla tan cerquita que nos moja con su saliva la cara. 
Y este ciego lo sintió, sintió el contacto de Dios.
Dios acercándose al hombre, y el ciego sintió su toque y salió de su cárcel, de su encierro y dijo: ahora creo  ver a los hombres como árboles, de todas maneras los veo moverse, -¿no es lo mismo Jesús? -¿No basta? 
-¡No! nos dice el Señor, -No basta. 
Tienen que verse uno al otro como son, no hay árboles humanos, hay personas, con movimientos, con sentimientos, con necesidades, que piden ser vistos y ayudados  a ser sanos de la enfermedad más difundida de este siglo: El encierro en sí mismo.

Te animo, si padeces de este mal que permitas  Jesús te retire del medio que te condiciona, del grupo que te proporciona una sanidad a medias, y permitas que Dios se aproxime tanto a ti, hasta que sientas que te moja la cara, que te toca los ojos y te abre la cárcel de la ceguera de tu alma. 

Comienza a ver a quienes te rodean, que caminan también, con tu misma necesidad. 

Dios te bendiga.
Pastora Sara Olguín.


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